lunes, 31 de diciembre de 2018

Mi libertad

Me cago en el buenismo, me cago en la moral, en el sonreir cuando no me apetece una mierda, en las buenas formas y en el "todo está bien". Estoy hasta los cojones de tanta máscara. Es una carga que me pesa toneladas, un disfraz que no va conmigo, que me mata, que acaba con mi vitalidad, con mi espontaneidad y con mi fortaleza, ¡coño!. Estoy hasta los huevos de ser sumiso, de agradar, de decir palabras bonitas cuando no me apetece y de tener que ser siempre tan encantador. Me toca los huevos enormemente. Modular el tono de mi voz para que suene angelical cuando hay un fuego ahí abajo que arde, arde con tanta fuerza que explotaría en algún momento; Pero para adentro, claro. Que no se te note, Pedro. Que tú has venido aquí a cumplir con el protocolo, a que piensen de ti lo bueno que eres, lo inocente y lo espiritual. ¡Me toca los cojones! ¡Estoy harto! Quiero mi libertad, ¡basta ya! 

Me da mucho miedo, lo tengo que admitir, dejar que el fuego corra, perder el control, defraudar, decepcionar, quedarme solo. Pero es que como siga cumpliendo las expectativas que creo que la sociedad tiene de mí voy a explotar. Para empezar, ¿si no yo tengo ni idea de quién soy, qué van a saber los demás?

Y sí, me siento en paz. 

Hay amor en la ira. Hay liberación. Hay alivio. 

Por fin puedo respirar.

Esta coraza no me oprime más. 

Quizás aquí empiece mi LIBERTAD. 



Mucho amor y feliz año 2019. Nos deseo un año en el que nos permitamos gozar de muestra libertad y nos atrevamos a AMAR en mayúsculas. 

Gracias por estar ahí. EGP.


lunes, 10 de diciembre de 2018

Mis juicios y el muro

Mis juicios me han separado de ti. En algún momento he forjado una imagen ilusoria sobre tu persona y me la he creído, tanto tanto que he creado un muro entre nosotras. A veces ha sido tu físico, y te he visto demasiado... o demasiado poco... , en otras tus ideas o tu forma de pensar, tu ropa, tu pelo, tu piel. He encontrado mil excusas para no abrirme, para forjar una coraza y encerrarme entre mis juicios, para no abrir el corazón. Y creyendo que me estaba protegiendo en realidad más bien me estaba aislando, contándome historias que justificaran mi decisión y ratificaran que era lo correcto. Sin embargo, la vida, que es sabia, tiene sus sacudidas y los ladrillos del muro empiezan a quebrarse poco a poco. Es entonces cuando entra algo de luz y curioso, me asomo para descubrir que en realidad la emanas tú, que siempre estuvo ahí y que tan sólo fueron esas imágenes mentales las que me impidieron verla todo este tiempo. Lo curioso es que a simple vista estos ladrillos parecen duros y resistentes. No obstante, basta acercarse a ellos para darse cuenta que no son más que humo, que de un solo soplido se pueden desvanecer. Hoy me dispongo a dejar que estos ladrillos se sigan cayendo poco a poco, para que te pueda ver y para que me puedas ver. Para entender realmente que somos uno.


sábado, 8 de diciembre de 2018

Heridas emocionales

¿A que les resultaría impensable e incluso peligroso que tras haber sufrido una terrible caída (por ejemplo, con la bicicleta)  con sus lesiones y heridas de distinta gravedad, las desatendiéramos totalmente durante no solo días sino semanas, meses y años, muchos años?

La herida se infectaría, se llenaría de pus, nos inhabilitaría a la hora de hacer una gran serie de actividades y podría tener consecuencias terminales.

Por suerte, estas heridas son físicas, visibles y tangibles y por lo tanto uno estaría loco si las ignorara. Además, -y lo más importante- sabemos más o menos cómo se curan estas heridas y adónde tenemos que acudir para que nos traten en el caso de no poder hacerlo nosotros mismos. Hay toda una cultura que nos ha enseñado qué serie de pasos seguir después de este tipo de accidentes y nos sentimos tranquilos con eso.

Sin embargo, hay otro tipo de heridas, y estas, a diferencia de las anteriores, no son visibles ni tangibles pero están ahí y llevan años y años con nosotras. No obstante, por nuestra ignorancia inocente y también nuestro miedo, no hemos sido capaces de mirarlas de frente y decidir sanarlas.

Hemos pasado del alcohol medicinal con el que antaño se curaban las pupas del cuerpo al alcohol etílico para tratar de curar las heridas del alma pero hoy sabemos que esta es solo una opción y que además duele mucho.

Vivimos en una sociedad herida que pretende negar una herida que lleva años pidiéndonos atención. Seamos honestos y aceptemos nuestro dolor para ser capaces de transformarlo y sanemos ya que no hay mayor muestra de amor a uno mismo que atenderse.

Aquí radica la importancia de una educación emocional en los colegios, institutos y familias así como en cualquier ámbito social y profesional. Llegará el día en el que se hable con tanta normalidad de los psicólogos y terapeutas que no habrá diferencia entre estos y un dentista o fisioterapeuta.

En el fondo de nuestro corazón somos lo mismo y solo exponiéndonos tal y como somos, allanaremos el camino a los demás. En nuestra vulnerabilidad radica nuestra fuerza.


Rompiendo el silencio

Hoy quiero romper mi silencio. Siento que este mensaje puede ayudar a muchas personas. Hace tiempo escribí un texto llamado  "heridas emocionales" y creo que ya es hora de que vea la luz. Hace 4 años ya, cuando estaba en Heidelberg y los primeros síntomas de ansiedad empezaron a asomar mi madre me dijo insistente que fuera a un psicólogo, que me ayudaría. Yo me negué rotundamente; ¿Cómo iba yo, Pedro, el chico guay, aventurero y viajero ir a un psicólogo? Finalmente caí en una depresión tan grave que ir a terapia dejó de ser una opción. Y me cambió la vida. Poco a poco empecé a ir sanando las heridas, enfrentando miedos y sobre todo a conocerme un poco más a mí mismo, a hacer las paces con lo que soy y lo que era. Posiblemente, si no hubiera sido por la terapia no habría dado tantos pasos.
Hoy quiero darle voz a los callados, a las que nos avergonzamos por haber estado en consulta por creerlo síntoma de debilidad. ¿Os imagináis a alguien que se haya roto una pierna y se sienta culpable por no poder seguir andando durante un tiempo? Ya está bien de máscaras, ya estoy harto de las mentiras. Cuando estuve tan perdido y mi madre me dijo que sería bueno que fuera a un psicólogo, rechacé tanto la idea en parte porque no conocía a nadie que lo hubiera hecho antes y menos con mi edad, no tenía referentes. Poco después me fui dando cuenta de que esto no era así, muchas, muchísimas personas se me han ido acercando todo este tiempo y me han dicho: "yo también fui, y pasé por algo parecido pero por favor, no se lo digas a nadie". Yo no quiero seguir con ese juego. Tal vez normalizarlo sea la única manera de que los chavales perdidos que sufren tanto vean una salida, una vía de escape. Que entiendan que no hay nada malo en ellas. Que no hay nada de lo que avergonzarse. Que es de valientes pedir ayuda. Que al igual que hay que curarse las pupas del cuerpo, es necesario sanar las heridas emocionales.

Mucho amor

Pedro