viernes, 12 de abril de 2019

Comienza mi viaje

Vuelo, miro a las nubes y me siento más cerca del cielo, miro hacia adentro coloco los pies sobre el suelo, el mar esclarece lejano aquello que veo, mi misión se expande por todos y en todo y me veo, cuando te veo y sonrío porque lo que creo es que somos espejos de risas, sonrisas son lisas, rodeo como el agua a la roca por su paseo -fluvial- moldeo todo aquello que impide mi caminar y ya está, impedimentos mentales que me impedían brillar ya no están, empezamos de cero. Retomo la curiosidad, ganas de aprender, sin miedo a fallar, la creatividad no me asusta me lanzo hacia al mar de mis dudas pa poder despejar, miro hacia atrás solo para agradecer pues sé que mis pies están firmes y que no he de temer, la trivialidad, lo intemporal, el cambio inefable, lo inexplicable, ya sé que mi alma se expande y la tierra me apoya en este soñar. Gracias Padre, gracias Madre. Estoy preparado para caminar. Mis pies que van solos me invitan a que les siga, sin miedo, para descubrir nuevos parajes que no sabía que existían, variados sabores, mezcla de olores, tremendos colores, culturas ocultas, bellos animales, bailes ancestrales, ritos inmortales, hermanas y hermanos humanos con dones, fondo de los mares, con peces y algas marinas con flores, estrellados cielos, fuegos a montones, canciones que sanan, lenguajes y puestas de soles.

Ya no serán necesarias ni las pantallas, ni los aviones, ni las prisas ni los ordenadores. Regreso a la tierra ya que si todos somos uno, conocerla a ella es conocerme un poco más a mí mismo, si conozco a mis hermanas y hermanos, pierdo el miedo a lo distinto, porque si camino conectado recupero mi instinto y guiándome por mi intuición volveré a confiar en mí mismo.

Y no hay meta, ni comienzo ni fin, solo este instante en el que dejo que mis dedos se posen sobre el teclado de este aparato buscando la exacta palabra que encaje para así, liberar cargas viejas que dejen espacio a nuevas palabras que pueda escribir para ti. Para mí.

Comienza mi viaje.


lunes, 25 de marzo de 2019

¿Decidimos?

Es muy cómodo.

Es muy cómodo señalar, culpar al otro, proyectar aquello que más nos duele admitir en nosotros y afirmar convencidos: “No, no es mi responsabilidad”.Y es que parece que nunca es mi responsabilidad, que siempre hay otro a quien señalar.


Hoy, en la cocina del lugar donde estoy trabajando como voluntario, estaba a punto de tirar una fiambrera enorme de plástico, de esas que llaman “de usar y tirar” y aunque dentro de mí había una voz que me advertía: “eso va en contra de lo que estás sintiendo” trataba de auto engañarme pensando: “bueno, solo estoy cumpliendo órdenes, en una situación diferente, no lo haría así”. Es como si pensara que aquí yo no soy el que decide, y que por lo tanto, no soy el responsable de mis actos.

Tampoco es responsable entonces el trabajador que tira la basura al mar todas las noches, ya que así es como le enseñaron que se hacían las cosas en su empresa, ni tampoco lo es la trabajadora que tira cada día cajas enteras de comida en perfecto estado a la basura ya que tan solo sigue las políticas de la empresa.

Pareciera que no somos capaces de decidir y creernos eso nos resulta muy cómodo y a la vez nos exime de toda nuestra responsabilidad.

"Nunca es mi responsabilidad cuando actúo así, ya que solo estoy cumpliendo órdenes", o eso pensaba hasta hace un rato. Hasta que me he dado cuenta de que en el fondo sí que era 100% responsable de contribuir con algo que va en contra de mi sentir y el de muchos. En ese momento es cuando he reconocido mi propio poder y mi mayor libertad que es la de decidir en cada momento qué es lo que quiero hacer en mi vida, con qué quiero contribuir, qué quiero crear y qué comportamientos quiero apoyar.

Cuánto miedo nos da reconocerlo, cuánto miedo nos da ser conscientes de nuestra libertad y nuestra capacidad de decidir.

Y perdonen, pero en ese instante no era Rajoy, ni Trump ni cualquiera de esas empresas que tiran plásticos al mar y las que tanto nos gusta culpar la que estaba en mi cocina decidiendo, no. Tan solo estábamos yo y mis decisiones.

Es muy cómodo pensar que no se puede hacer nada, que las cosas siempre se han hecho así. También es cierto que muchas veces –y esto es lo que más me duele- es el miedo el que acaba tomando una decisión contraria a lo que sentimos; Miedo a que me echen del trabajo, a que se rían de mí, al rechazo, a que me consideren el rarito/a, etc.

Ya está bien. Ya está bien.

Dejemos de compartir por Facebook lo mal que van las cosas y hagamos algo al respecto.
Yo soy tan responsable como aquel al que señalo por lo que no me gusta. Y sé que admitirlo es algo doloroso, aunque también liberador.

Quizás, el primer paso sea perdonarnos, comprender que hasta ahora no hemos sabido hacerlo mejor, deshacer la culpa, entender que después de todo somos inocentes y desde el amor empezar a transformar nuestra vida y nuestro mundo a través de nuestras decisiones. Paso a paso, hasta en lo más sutil.

No hay más, solo nos falta recordar, a cada instante, que somos libres. Libres de decidir en cada momento. Tomar consciencia de que tenemos la fuerza necesaria para elegir hacer lo que sentimos adentro.

Lo que veo fuera, está dentro.

¿Decidimos?

Mucho amor ❤

EGP 

domingo, 10 de marzo de 2019

Lo que piensen de mí


Me importa demasiado lo que los demás piensen de mí. De hecho, diría que condiciona mi vida más de lo que me gustaría imaginar. Siempre ha sido así.

Recuerdo que de pequeño solía volver a casa llorando cuando salía del peluquero porque no me gustaba cómo me había dejado; pero sobre todo, le tenía miedo al rechazo que mi nuevo corte pudiera generar entre mis compañeros de clase.

Por otra parte, solo me sentía guapo, o a gusto conmigo mismo cuando otras personas me lo reforzaban. De no ser así, solía ser bastante duro conmigo mismo.

He vivido odiando la imagen que tenía durante la mayor parte de mi vida. Demasiado rellenito, demasiado bajo, demasiada cara de niño (bueno), demasiado poco rebelde.

Sin embargo, ahora miro esas fotos de nuevo y no entiendo cómo pude ser tan duro conmigo mismo. Veo la belleza en los ojos de ese niño, lo perdono y lo amo. Es pura inocencia, es puro amor. No hay nada malo en él al igual que no lo hay ahora.

No conozco la fórmula para dejar de depender tanto de lo que pensáis de mí, no sé cómo dejar de evaluar mi trabajo en base a vuestros likes y comentarios. Y es que este es un arma de doble filo que no termino de dominar. 

Ya es hora de parar, de dejar de mirar tanto afuera para empezar a mirarse a uno mismo. De construir juntas, de caminar lento. 

Seguimos 

Gracias a tod@s por estar ahí  

Peter Slow 




miércoles, 6 de marzo de 2019

Esforzarse por ser buena persona

¿Os imagináis que creciéramos negando, castigando, proyectando o sintiendo vergüenza de una parte de nosotros?

Bueno, eso es básicamente lo que hacemos con nuestro ego y es de hecho uno de los mecanismos que tiene para sobrevivir.

Si no llegamos a conocer algo seremos incapaces de aceptarlo y sin aceptación no hay transformación.

Es por ello que no tiene sentido aquello de "esforzarse por ser una buena persona" que podríamos traducir por "negar y esconder mis instintos más oscuros por miedo a que piensen que no soy bueno".

Todo es mucho más simple (o más complejo).

A medida que vayamos desnudándonos y aceptando aquellas partes de nosotros que no nos gustan: al egoísta, el manipulador, el castigador... Empezaremos a perdonarlas, comprendiendo que todas ellas son conductas que nacen del miedo y la falta de amor. Así, poco a poco, nos iremos librando de la necesidad de juzgar y proyectar en el otro aquello que no nos gusta de nosotros.

¿Somos conscientes del rechazo que implica el deseo de querer ser mejores personas? No tiene sentido. Es un bucle infinito en el que podemos vernos enredados toda la vida. ¿Acaso creemos que cuando consigamos hacer todo aquello que nos hemos propuesto para ser una persona mejor, la lista acabaría y nos sentiríamos en paz?

Respira, estás vivo.

La respuesta está aquí.

Seguimos aprendiendo

Seguimos caminando

Seguimos conociendo

(No me crean, por favor)

Mucho amor ❤

EGP


martes, 29 de enero de 2019

Hermano, hermana: te necesito

Hermano, hermana: te necesito. Necesito encontrarme en tu mirada para reconocer que no somos tan distintos. Necesito darme cuenta de que tus logros son los míos, de que la tierra que pisamos es la misma, de que anhelamos la misma paz, de que, en el fondo, buscamos lo mismo.
Te necesito, para volver a creer en mí, para disolver el ego y entender que lo que hacemos tiene un propósito con mucho más sentido, que nos supera y nos sostiene al mismo tiempo. Hagamos la revolución una vez más, demostrando que es falso lo que nos quieren hacer creer en los telediarios, que el amor impulsa a la vida, que el apoyo es necesario, que en el fondo somos hermanos. Las hormigas cooperan en armonía para construir su mundo, así como las abejas se comunican para armar el suyo. ¿Quién nos dijo que teníamos que seguir haciendo siempre lo mismo? ¿Os imagináis el potencial que podríamos alcanzar si pusiéramos nuestros pensamientos al servicio de la vida, si nos olvidáramos de etiquetas, de razas, de jerarquías y entendiéramos que lo que nos une es mucho mayor que lo que nos distancia? Que aquí, y ahora no tenemos nada que temer, nada que esconder, nada que arreglar; tan solo atendernos, escuchar al corazón y desde ese espacio dejar que surja la magia. No estamos solos, la vida nos sostiene, al igual que al árbol que, sin hacer nada, crece y florece, o a los pájaros que surcan el cielo sin temer que algo les falta. Hermano, hermana, te necesito. Necesito saber que estás conmigo, que caminamos de la mano, que estamos unidos. Que vamos en el mismo barco, que de la misma madre somos hijos.

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viernes, 11 de enero de 2019

Abrazar la vida

Nos han convencido de que hay unos parámetros que marcan la normalidad, nos han vendido conceptos como seguridad, estabilidad, salud, pareja, familia, etc. que realmente nos alejan de nuestra verdadera esencia.
Nos han hecho creer una ilusión que en realidad no existe.
Nos intentan convencer de que estamos solos, de que el mundo es peligroso e inseguro, de que existe una estabilidad lineal incorruptible y de que nuestro hermano es alguien en quien desconfiar.

Todo ello forma parte de nuestro sistema de creencias. Son ideas que tenemos tan incrustadas que hemos construido nuestra vida en base a ellas. Las ciudades, los países con sus gobiernos y leyes, la educación... Todo, absolutamente todo nace de ahí, de una simple idea: estamos separados y lo que tenemos enfrente es una posible amenaza.
Por lo tanto, nos han intentado vender seguridad mediante cosas materiales, estabilidad a través de una idea de pareja y relación establecida donde no hay espacio para el amor, libertad a cambio de renunciar a nuestros sueños.
Fijémonos en la naturaleza: todo es cambio, y aún así, un pájaro no se siente inseguro ni vive con miedo por no encontrar alimento para sus polluelos. Simplemente confía en que la vida le proveerá con aquello que necesita.
Nosotros, en cambio, vivimos constantemente protegiéndonos, anticipando situaciones que nos hacen olvidarnos del presente, del milagro de estar vivas y celebrarlo.
Solo es un "click" interno lo que necesitamos para que nuestra percepción deje de ser tan aterradora. Dentro de nosotros está la capacidad de volver a verlo todo con los ojos de un niño. ¿Acaso ha cambiado tanto el mundo externo en todo este tiempo, o más bien, a medida que nuestros cuerpos han ido creciendo, también lo han hecho nuestros miedos e ilusiones con respecto al mundo en el que vivimos?
Tenemos la capacidad y el derecho de volver a sentirnos libres, de amar, de vivir sin miedo, de confiar, de perdonar, de honrar la vida, de sonreír, de disfrutar, de gozar cada segundo.
Respira
Aquí y ahora estás segura, estás acompañada; por un cielo con infinidad de estrellas, formas parte de un ecosistema que se equilibra a sí mismo sin necesidad de hacer ningún esfuerzo, millones de corazones están latiendo en este mismo instante al unísono junto al tuyo.
Abandona tus defensas; no hay nada de lo que protegerse.
Es hora de abrazar la vida.
EGP

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martes, 8 de enero de 2019

No esperes más

No esperes más, no hay un mejor momento.
Una de las cosas que más me han impedido conectar con la vida es pensar que "aún no estoy preparado". Vivimos preparándonos continuamente, aprendiendo, leyendo y ensayando cómo vivir olvidando que la vida nos está atravesando aquí, ahora, en este mismo instante y que no hay un mejor momento que este para hacer lo que estamos haciendo o lo que queremos hacer.
Puede sonar muy filosófico, o complejo o espiritual pero es muy simple. Sergi Torres decía una vez que somos como personas que quieren aprender a nadar pero que temen tirarse a la piscina. Y es que sin experiencia no hay aprendizaje y la vida es pura experiencia.
He estado demasiado tiempo esperando a estar preparado para vivir, para disfrutar, para conocer, a ser lo suficientemente sabio o elevado para vivir mi vida con plenitud, temiendo mi propia experiencia. Pero ya está bien, no hay nada más que buscar, no hay que esperar a otro curso, a otro libro, a otro vídeo de YouTube a otra conversación, a otro trabajo, a otra pareja, a otro, a otra...
Estamos en el lugar ideal para vivir todo lo que necesitamos vivir. Es hora de tirarse a la piscina. Es hora de dejar de esperar.
Mucho amor
EGP



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lunes, 31 de diciembre de 2018

Mi libertad

Me cago en el buenismo, me cago en la moral, en el sonreir cuando no me apetece una mierda, en las buenas formas y en el "todo está bien". Estoy hasta los cojones de tanta máscara. Es una carga que me pesa toneladas, un disfraz que no va conmigo, que me mata, que acaba con mi vitalidad, con mi espontaneidad y con mi fortaleza, ¡coño!. Estoy hasta los huevos de ser sumiso, de agradar, de decir palabras bonitas cuando no me apetece y de tener que ser siempre tan encantador. Me toca los huevos enormemente. Modular el tono de mi voz para que suene angelical cuando hay un fuego ahí abajo que arde, arde con tanta fuerza que explotaría en algún momento; Pero para adentro, claro. Que no se te note, Pedro. Que tú has venido aquí a cumplir con el protocolo, a que piensen de ti lo bueno que eres, lo inocente y lo espiritual. ¡Me toca los cojones! ¡Estoy harto! Quiero mi libertad, ¡basta ya! 

Me da mucho miedo, lo tengo que admitir, dejar que el fuego corra, perder el control, defraudar, decepcionar, quedarme solo. Pero es que como siga cumpliendo las expectativas que creo que la sociedad tiene de mí voy a explotar. Para empezar, ¿si no yo tengo ni idea de quién soy, qué van a saber los demás?

Y sí, me siento en paz. 

Hay amor en la ira. Hay liberación. Hay alivio. 

Por fin puedo respirar.

Esta coraza no me oprime más. 

Quizás aquí empiece mi LIBERTAD. 



Mucho amor y feliz año 2019. Nos deseo un año en el que nos permitamos gozar de muestra libertad y nos atrevamos a AMAR en mayúsculas. 

Gracias por estar ahí. EGP.


lunes, 10 de diciembre de 2018

Mis juicios y el muro

Mis juicios me han separado de ti. En algún momento he forjado una imagen ilusoria sobre tu persona y me la he creído, tanto tanto que he creado un muro entre nosotras. A veces ha sido tu físico, y te he visto demasiado... o demasiado poco... , en otras tus ideas o tu forma de pensar, tu ropa, tu pelo, tu piel. He encontrado mil excusas para no abrirme, para forjar una coraza y encerrarme entre mis juicios, para no abrir el corazón. Y creyendo que me estaba protegiendo en realidad más bien me estaba aislando, contándome historias que justificaran mi decisión y ratificaran que era lo correcto. Sin embargo, la vida, que es sabia, tiene sus sacudidas y los ladrillos del muro empiezan a quebrarse poco a poco. Es entonces cuando entra algo de luz y curioso, me asomo para descubrir que en realidad la emanas tú, que siempre estuvo ahí y que tan sólo fueron esas imágenes mentales las que me impidieron verla todo este tiempo. Lo curioso es que a simple vista estos ladrillos parecen duros y resistentes. No obstante, basta acercarse a ellos para darse cuenta que no son más que humo, que de un solo soplido se pueden desvanecer. Hoy me dispongo a dejar que estos ladrillos se sigan cayendo poco a poco, para que te pueda ver y para que me puedas ver. Para entender realmente que somos uno.


sábado, 8 de diciembre de 2018

Heridas emocionales

¿A que les resultaría impensable e incluso peligroso que tras haber sufrido una terrible caída (por ejemplo, con la bicicleta)  con sus lesiones y heridas de distinta gravedad, las desatendiéramos totalmente durante no solo días sino semanas, meses y años, muchos años?

La herida se infectaría, se llenaría de pus, nos inhabilitaría a la hora de hacer una gran serie de actividades y podría tener consecuencias terminales.

Por suerte, estas heridas son físicas, visibles y tangibles y por lo tanto uno estaría loco si las ignorara. Además, -y lo más importante- sabemos más o menos cómo se curan estas heridas y adónde tenemos que acudir para que nos traten en el caso de no poder hacerlo nosotros mismos. Hay toda una cultura que nos ha enseñado qué serie de pasos seguir después de este tipo de accidentes y nos sentimos tranquilos con eso.

Sin embargo, hay otro tipo de heridas, y estas, a diferencia de las anteriores, no son visibles ni tangibles pero están ahí y llevan años y años con nosotras. No obstante, por nuestra ignorancia inocente y también nuestro miedo, no hemos sido capaces de mirarlas de frente y decidir sanarlas.

Hemos pasado del alcohol medicinal con el que antaño se curaban las pupas del cuerpo al alcohol etílico para tratar de curar las heridas del alma pero hoy sabemos que esta es solo una opción y que además duele mucho.

Vivimos en una sociedad herida que pretende negar una herida que lleva años pidiéndonos atención. Seamos honestos y aceptemos nuestro dolor para ser capaces de transformarlo y sanemos ya que no hay mayor muestra de amor a uno mismo que atenderse.

Aquí radica la importancia de una educación emocional en los colegios, institutos y familias así como en cualquier ámbito social y profesional. Llegará el día en el que se hable con tanta normalidad de los psicólogos y terapeutas que no habrá diferencia entre estos y un dentista o fisioterapeuta.

En el fondo de nuestro corazón somos lo mismo y solo exponiéndonos tal y como somos, allanaremos el camino a los demás. En nuestra vulnerabilidad radica nuestra fuerza.


Rompiendo el silencio

Hoy quiero romper mi silencio. Siento que este mensaje puede ayudar a muchas personas. Hace tiempo escribí un texto llamado  "heridas emocionales" y creo que ya es hora de que vea la luz. Hace 4 años ya, cuando estaba en Heidelberg y los primeros síntomas de ansiedad empezaron a asomar mi madre me dijo insistente que fuera a un psicólogo, que me ayudaría. Yo me negué rotundamente; ¿Cómo iba yo, Pedro, el chico guay, aventurero y viajero ir a un psicólogo? Finalmente caí en una depresión tan grave que ir a terapia dejó de ser una opción. Y me cambió la vida. Poco a poco empecé a ir sanando las heridas, enfrentando miedos y sobre todo a conocerme un poco más a mí mismo, a hacer las paces con lo que soy y lo que era. Posiblemente, si no hubiera sido por la terapia no habría dado tantos pasos.
Hoy quiero darle voz a los callados, a las que nos avergonzamos por haber estado en consulta por creerlo síntoma de debilidad. ¿Os imagináis a alguien que se haya roto una pierna y se sienta culpable por no poder seguir andando durante un tiempo? Ya está bien de máscaras, ya estoy harto de las mentiras. Cuando estuve tan perdido y mi madre me dijo que sería bueno que fuera a un psicólogo, rechacé tanto la idea en parte porque no conocía a nadie que lo hubiera hecho antes y menos con mi edad, no tenía referentes. Poco después me fui dando cuenta de que esto no era así, muchas, muchísimas personas se me han ido acercando todo este tiempo y me han dicho: "yo también fui, y pasé por algo parecido pero por favor, no se lo digas a nadie". Yo no quiero seguir con ese juego. Tal vez normalizarlo sea la única manera de que los chavales perdidos que sufren tanto vean una salida, una vía de escape. Que entiendan que no hay nada malo en ellas. Que no hay nada de lo que avergonzarse. Que es de valientes pedir ayuda. Que al igual que hay que curarse las pupas del cuerpo, es necesario sanar las heridas emocionales.

Mucho amor

Pedro

lunes, 5 de noviembre de 2018

Los errores y el tipp-ex

Recuerdo la primera vez que un profesor nos dejó hacer tachones en los exámenes y que de hecho, nos animaba a hacerlo: "en mis exámenes nada de tipp-ex, tachones y no me importa lo grandes que sean". Era mi profesor de latín y griego y en ese momento no entendí la importancia de aquello.
Desde pequeños nos hacen avergonzarnos de nuestros errores e intentar borrarlos con tipp-ex para que pasen desapercibido. Nos daba miedo equivocarnos y que los demás se dieran cuenta. Hoy en día ese miedo continúa en nuestro sistema de creencias e intentamos aparentar una perfección que no existe: "niña sonríe para la foto o maquíllate esas ojeras" y muchos más ejemplos de corregir imperfecciones para fingir lo que no somos.
Hoy en día, cuando algún alumno quiere corregir algo con tipp-ex me acuerdo de mi profesor y disfruto viendo como tacha lo que ha escrito mal sin avergonzarse de ello. Quizás ellos también puedan entender algún día la importancia de un gesto han sencillo.

Imagen relacionada

miércoles, 31 de octubre de 2018

A mi ego

A mi ego le encanta sentirse especial, que le aplaudan, sentir que ha hecho algo único e inigualable e identificarse con ello. Le encanta compararse con los demás y verse mejor, más alto, más interesante, con mayor facilidad para ciertas cosas que otros.
Pero mi ego está cagado de miedo, se siente solo, abandonado y no tiene mejor defensa que atacar, que comparar, que competir.
Cuando, desde la distancia, veo el panorama, tan solo puedo mirarlo con ternura. Abrazarlo. Sería inútil o contraproducente luchar contra él o negarlo o tacharlo de poco espiritual. Sería como si el sol, tan luminoso y brillante tratase de parar un huracán, que arrasa con todo trepidante. No, simplemente lo observa, y comprende que está cumpliendo su función. No hay guerra, no hay conflicto, sino aceptación e integridad.
Como decía Javier Ibarra “me da pánico mi propio ego” y tanto.
Pero he decidido dejar de luchar contra él y verlo como algo más. Porque como es arriba es abajo. Como es adentro, es afuera.
Mucho amor
EGP

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lunes, 1 de octubre de 2018

Peter Slow

La vida me ha ido regalando música desde pequeño y la semilla que se plantó en aquel entonces ha ido creciendo poco a poco y ahora está dando sus primeros frutos.

Con esta entrada quiero darle pie al proyecto PETER SLOW que nació en Leipzig el curso pasado y que me está regalando momentos preciosos.

Gracias a cada una de las personas que me animó a seguir, gracias a los que escuchan y a los que esperan más.

Seguimos.

Con todo mi amor,

Pedro.

jueves, 6 de septiembre de 2018

¿Cómo tratamos al error?

Una mirada al exterior para mirarnos a nosotros mismos

Esta mañana estaba pensando en una idea que ya me vino a la mente hace un tiempo: nuestra reacción ante los “errores” de los demás y cómo eso podría interpretarse en relación a nuestros propios “errores”. Nótese que escribo error entre comillas o en cursiva por lo irónico del concepto: algo que ocurre de manera distinta a como creemos que debería de estar ocurriendo o a nuestras expectativas. En tal caso, podríamos estar hablando de que vivimos en un mundo en el que todo es un error, a veces dulce y a veces amargo, pero bueno ese es otro tema.
Entonces, volviendo a la idea primaria de error, me doy cuenta de que nuestra respuesta ante los errores de los demás suele ser agresiva, con un perverso deseo de castigo y de sufrimiento del otro y aquí no nos libramos ninguno. Podemos ser conscientes o inconscientes de este comportamiento pero creo que todos lo tenemos. Tan solo hay que mirar las noticias o cualquier programa de actualidad y luego –y más complejo aún- mirarnos a nosotros mismos y a nuestra reacción ante tales noticias.
Aquí me viene la famosa frase de Jesús: “El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”.
La primera vez que fui consciente de primera mano de cómo la masa criticaba y juzgaba el comportamiento de alguien sin piedad –y yo el primero- fue en un evento de crecimiento personal que se celebró en Madrid en mayo de este año: BEING ONE.  Por una serie de gestiones poco afortunadas y de un cálculo de presupuesto más o menos desacertado, el evento tuvo que sufrir cambios de última hora que lo llevaron al límite de su desaparición. Sin embargo, en este caso, lo que salvó al evento fue entre otras cosas el cambio de la visión del error de la gente. En un principio, cuando nos dijeron que por falta de presupuesto el evento se cancelaba, la mayoría de los asistentes señalaban a Antonio –el organizador- como el máximo culpable, juzgándole su error con insultos y ofreciendo su versión de “cómo deberían de haberse hecho las cosas”. Lo que en ese momento no se pensó es que las cosas se hicieron en todo momento lo mejor que se pudo (ya que de lo contrario se habrían hecho de otra manera) y que en el fondo, nos guste o no, somos inocentes, que aprendemos de nuestros “errores” en todo momento para crecer y que en este caso, no había sido distinto. Tuvimos que darnos cuenta de la belleza de lo que estaba ocurriendo y de que eso también se había originado en un principio gracias a la decisión de realizar dicho evento por parte de Antonio para empezar a perdonar. Fue como con la parábola del Hijo pródigo.
El evento dio un giro en cuanto que empezamos a mirar dentro de nosotros y a reconocer esta  verdad de que más que juzgar y señalar con el dedo hay que perdonar y encontrar alternativas. En ese momento, se empezaron a encontrar soluciones y el evento siguió adelante.
Esta lección de vida me hizo recapacitar ante cómo nos relacionamos con nuestros “errores” y cómo nuestro sistema educativo nos educa para que se castigue el error y se premie el acierto. ¿Os imagináis castigar a un niño porque no es capaz de dar un paso perfecto en sus primeros intentos de aprender a caminar? ¿O la presión de otro niño al que siempre han premiado por aprobar en la escuela por su miedo a defraudar a sus padres?
Creo que va siendo hora de que soltemos el látigo y de que empecemos a darnos cuenta de que hasta que no empecemos a perdonar al otro por todos sus errores por muy terribles que sean, no seremos capaces de amarnos plenamente y de amar nuestros errores que han sido los que nos han traído hasta donde hoy mismo estamos.
¿Es que acaso somos tan buenos, es que acaso somos tan perfectos que nos permitimos juzgar a diestro y siniestro? ¿Acaso no vemos el dolor que hay detrás de tanto juicio?
Mucho amor,

EGP


Artículo escrito el 24 de septiembre de 2017

martes, 7 de agosto de 2018

Ignorancia

Hay un momento esencial en el crecimiento de cualquier ser humano y este es aquel en el que uno se da cuenta de que no sabe, de que es ignorante y de que toda la idea de separación y de diferenciación con respecto al otro no es más que un mecanismo de defensa que trata de evitar que nos demos cuenta de esa misma verdad. De que no somos especiales, ni únicos, ni diferentes -salvo a un nivel meramente superficial- y que la vida en su suprema sabiduría no hace más que ponernos en frente una y otra vez a aquellas personas y situaciones necesarias para crecer. Pero muy pocas veces nos abrimos a vivirlas plenamente, sin miedo, sin juicios. Todo está en su lugar, los pensamientos incesantes, las emociones desagradables y que nos incomodan, aquellas personas "que deberían ser de otra manera". Detrás de todo eso estoy yo, presente. Dejándome tocar por la vida pues soy tal y como la vida me creó.

NGC 1309 -- A spiral galaxy ~120 million light-years away in the constellation Eridanus. It is about 75,000 light-years across; about 3/4s the width of our own galaxy, the Milky Way. Bright blue areas of star formation can be seen in the spiral arms, while the yellowish central nucleus contains older-population stars.

Despacio

Nos han educado a ir rápido, nos han enseñado a correr, a tardar poco, a ser eficientes. Hemos cambiado los caminos verdes por autopistas grises, los largos viajes en coche por veloces aviones, para llegar antes. Cada año aumenta la velocidad de conexión en nuestro ordenador y en las empresas se valora la rapidez con la que un empleado trabaja.
Queremos que los animales crezcan antes, aceleramos el crecimiento de hortalizas y frutas para que nos den antes su fruto, hacemos cursos intensivos para aprender rápido una lengua, corremos para coger el tren o el autobús que se acerca o para que el semáforo no se ponga en rojo y entre tanto, nos perdemos el camino.

Nos han vendido la idea de que esto es evolución, de que esto es progreso y que el estrés es el módico precio que tenemos que pagar a cambio del regalo de ser más rápidos, más efectivos.

Nos han dicho que para ser felices o mejores tenemos que llegar antes, pero ¿adónde?

El hombre quiere ser rápido pero la vida es lenta o más bien cíclica. Nos hemos olvidado de disfrutar, de recordar que estamos vivos, de celebrar la vida cada mañana. Nos han dicho que no tenemos tiempo para ello. Nos han educado con frases como: “venga, vístete más rápido que perdemos la mañana” o, “¡deja de perder el tiempo y ponte a hacer lo que tienes que hacer!”

¿Qué tengo que hacer sino vivir? Sentir el agua cayendo por mi cuerpo al ducharme en la mañana, sentir la dicha de pegar un bocado al trozo de pan al desayunar, disfrutar oyendo a los pájaros por la ventana, conversar con el vecino al bajar las escaleras o sentir mis pasos de camino a donde vaya.

Creemos que al ir más rápido sabemos adonde vamos pero tal vez nos de miedo parar y reconocer que en realidad estamos perdidos. Y eso es maravilloso.
Nos han dicho que lo lento es malo o negativo sin embargo un árbol puede tardar siglos en crecer, una oruga necesita días y días para crear su crisálida y convertirse en mariposa, los osos hibernan durante meses y los árboles tardan en dar su fruto.
¿Por qué entonces acelerar la vida? ¿Acaso nosotros no somos también parte de este ciclo natural? ¿Acaso somos felices cuando corremos más?
Yo me bajo del tren, es hora de caminar, paso a paso, sendero de paso lento.


-Peter Slow- El guardián de los pensamientos.





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lunes, 30 de julio de 2018

¡Brilla! - La muchedad

Todos tenemos una luz dentro que está deseando brillar, dar lo máximo de sí, contagiar a otras luces para que el mundo pase a ser un lugar luminoso. Me gusta mucho la terminología que utiliza el sombrero loco de Alicia en el País de las Maravillas para quien esto vendría a ser “la muchedad” de una persona. 

Todos nacemos con esta luz, con nuestra muchedad al máximo, pero a lo largo de los años, bien porque se rieron de nosotros de pequeños cuando la mostramos, bien porque las personas grandes nos regañaron y nos dijeron que no era buena, la escondimos. Nos dio tanto miedo que fueran a dejar de amarnos y sentirnos abandonados que empezamos a olvidarnos de ella. Decidimos elegir mostrarnos débiles, limitados y no luminosos por miedo a que nos rechazaran. Olvidamos nuestra esencia, nuestra muchedad. 

Sin embargo está ahí, en algún rincón de nosotros, resguardada, esperando a ser encontrada de nuevo. Y nos llama de distintas maneras porque sabe que no tiene sentido vivir a oscuras. Que da miedo. Así que a veces nos pide que hagamos algo que nos parece muy peligroso o difícil y que nos da miedo pues el juez al que pusimos en su lugar siempre opina que los demás se reirán o que no nos apoyarán y nos quedaremos solos. Y nos lo creemos. Es un proceso tan automático que nos hemos olvidado de que realmente no somos nosotros quienes decidimos sino los pensamientos y recuerdos del pasado que algún día decidimos creer.


Pero ya está, se acabó el sueño. Despierta. No la ignores más. Sabes que está, ahí, llamándote. Sabes lo que tienes que hacer porque lo sientes. Quiere que la reconozcas. Quiere que dejes de avergonzarte de ella cada vez que no haces lo que sientes por miedo a que se rían de ti. Quieres que dejes de fingir que eres pequeño. Quiere que brilles, que vuelvas a ser tú. Quieres que retomes tu muchedad. Quiere que recuerdes que eres luz.



martes, 10 de julio de 2018

¿De qué tengo miedo?

Mi miedo constante a la vida esconde tras de sí el siguiente pensamiento: "no vas a ser capaz de resolver una situación venidera amenazante". Y ese pensamiento me aterra, lo que me lleva a estar protegiéndome de la vida continuamente, defendiéndome y temiéndola.

Pero, ¿acaso tiene este pensamiento algún sentido? Estos pensamientos vienen de todos aquellos miedos a los que aún no he visto de frente, vocecillas del pasado que aún no he enfrentado. Sin embargo, ya es hora de darme cuenta de que esos pensamientos no son más que humo, que no son reales. Que incluso en aquellas situaciones que parecían tan difíciles he podido encontrar una salida, que todo se ha ido gestando por sí solo, que la vida ha estado a mi lado constantemente, como una madre protectora que ama a su hijo.

Me ha dado el oxígeno para respirar, me ha dado a las personas necesarias cuando las he necesitado, me ha dado techo y hogar para los meses de frío y el agua del mar, de los ríos y de los lagos para refrescarme en los meses de calor así como la sombra de los árboles para sentirme resguardado cuando el sol quemaba.

¿De qué tengo que protegerme en verdad?

¿Acaso no sería aquel golpe tan duro del pasado una manera de proteger -tal vez desesperada- de una madre que temía que su hijo se fuera para siempre? ¿Acaso no han venido una gran cantidad de regalos tras aquella dura experiencia?

El Camino de Santiago, Lara, Luzie, La Tertulia y Granada, El Guardián de los Pensamientos con su música, Leipzig... 

¿De qué me tengo que proteger? Si cuando me siento solo, los pájaros me acompañan con su canto, si cuando me encuentro aburrido, los patos del parque me entretienen con su patoso caminar, si las flores me embriagan con su aroma y colores y las delicadas mariposas me muestran la simpleza de la belleza con tan solo un aleteo.

¿Qué es aquello tan temible?

¿No serán, pues, los propios pensamientos que he creado para protegerme de la vida? ¿Acaso tiene sentido protegerse de lo que da la vida y entregarse a lo que te la quita? ¿No es acaso esta la locura del mundo?

No, ya no quiero seguir siendo su siervo, me entrego a lo eterno del presente, a la consciencia que permite que las tortugas salgan del huevo y por sí solas emprendan su camino hacia el vasto océano; a la fuerza que impulsa a la flor a salir del capullo y seguir ofreciendo vida a través de su dulce néctar a abejas que zanganean y que luego hacen dulce miel para que yo pueda saborear la vida en mi paladar.

¿De qué me protejo realmente? Mis pensamientos temerosos son realmente de lo que tengo miedo, pero hoy con espada en mano, despierto al guerrero en mí y miro al miedo de frente. Le digo que ya fue suficiente, que quiero despertar ya cada día hasta el día de mi muerte y mirar al cielo agradecido por las estrellas de la noche y las nubes en el día que nos regalan su agua cuando hay sequía.

Quiero salir y sentir la hierba colándose entre los dedos de mis pies descalzos y embelesarme de su frescura. Mirar a otros hombres y mujeres a los ojos y reconocerme en ellos, sentir la belleza de la creación humana también. La música, el cine, y el teatro y reconocer la vida en todo ello.

Sentir la paz que siendo cuando respiro en mi asiento y dejo que mis pulmones se llenen, ponerme las manos en el corazón y sentir que estoy vivo.

¿De qué tengo miedo?
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 Escrito en Leipzig el 11 de junio de 2018.

domingo, 8 de julio de 2018

No me gusta

No me gusta el yoga, no me gusta levantarme a las 6 y media de la mañana y ponerme a rezar en sánscrito, no es divertido, no me hace reír. No me gusta estar serio. No me gusta ir al supermercado y buscar brócoli con zanahoria. Me gusta el chocolate con leche y el azúcar. No me gusta ir al restaurante asiático y pedirme el arroz con tofu. ¡Que no me gusta el tofu, coño! Me gusta ir con mi padre al hombre de los pollos de mi barrio y que le echen extra de salsa y de patatas fritas. No me gusta ir a la heladería y agobiarme porque el único helado vegano que hay es de kiwi ¡y no me gusta el kiwi! Me gusta ir con mis hermanas al McDonald´s a por un McFlurry con doble de M&M´s y caramelo y partirnos de la risa. Eso es divertido. No me gusta decir que no, con aires de superioridad, cuando me invitan a casa de alguien a comer y con todo su cariño y amor me han preparado algo (que realmente me muero por probar) pero lleva carne, o no es orgánico o lo han importado de América en un barco. ¡No! No es divertido pensar tanto, ni sentirse culpable por haber comprado la opción no ecológica o no vegana. No es divertido rayarse por gilipolleces e intentar ser el correcto, el que hace las cosas bien, el iluminado, y sentirse mejor que tú y que aquel. No es divertido sentirse especial. No es divertido estar tan solo.

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